Cajón 17

Í N D I C E



Mujer africana a plena carga (Foto recortada:
Juan Rodríguez de Tembleque, 2006)

 

Tantas veces oí decir que en Chile vivíamos en un matriarcado, que casi lo creo; hasta mi abuelo y mi padrastro, señores autoritarios de estilo feudal, lo afirmaban sin sonrojase. No sé quién inventó el mito del matriarcado ni cómo se ha perpetuado por más de cien años; tal vez un visitante de otras épocas, uno de esos geógrafos daneses o comerciantes de Liverpool de paso por nuestras costas advirtió que las chilenas son más fuertes y organizadas que la mayoría de los hombres, concluyó frívolamente que tienen el mando, y de tanto repetir aquella falacia, acabó convertida en dogma. Ellas sólo reinan a veces entre las paredes de su casa. Los varones controlan el poder político y económico, la cultura y las costumbres, proclaman las leyes y las aplican a su antojo y cuando las presiones sociales y el aparato legal no bastan para someter a las mujeres más alzadas, interviene la religión con su innegable sello patriarcal. Lo imperdonable es que son las madres quienes se encargan de perpetuar y reforzar el sistema, criando hijos arrogantes e hijas serviciales; si se pusieran de acuerdo para hacerlo de otro modo podrían terminar con el machismo en una generación. Por siglos la pobreza ha obligado a los hombres a recorrer el delgado territorio nacional de una punta a otra en busca de sustento, no es raro que el mismo que en invierno escarba en las montañas de las minas del norte, se encuentre en verano en el valle central cosechando fruta o en el sur en un bote pesquero. Los hombres pasan y se van, pero las mujeres no se mueven, son árboles anclados en el suelo firme. En torno a ellas giran los hijos propios y otros allegados, se hacen cargo de los viejos, los enfermos, los desamparados, son el eje de la comunidad. En todas las clases sociales, menos las privilegiadas por el dinero, la abnegación y el trabajo se consideran las máximas virtudes femeninas; el espiritu de sacrificio es una cuestión de honor, mientras más sufren por la familia, más orgullosas se sienten. Se acostrumbran desde temprano a considerar al compañero como un hijo bobalicón, a quien perdonan graves defectos, desde ebriedad hasta violencia doméstica porque es hombre.

Isabel Allende. Texto extraído de su libro Paula
(Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.)

 



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Iniciación a mujer, 1 y 2 (Fotos: Juan Rodríguez de Tembleque,2006)

 


Juan Ramón Martín



 

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Juan Ramón Martín

 


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Juan Ramón Martín

 

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Juan Ramón Martín

 

El adulterio


Yo consentía, ignoraba, padecía, y la humillación era mi credencial. Con seguridad este comportamiento trataba de obviar la evidencia de los hechos y enterraba la rutina.

A mi vida de esposo fiel añadía las características de identidad, metódico en lo habitual, e incorporaba cualidades socialmente reconocidas: Ordenado, disciplinado, prudente, puntual, riguroso, crítico, amante de la lectura, melómano insaciable,… digno acompañante.

Simultánea y consistentemente ocultaba las menos decorosas. Era díscolo, egocéntrico, distante, despegado, rehuía los afectos interesados… A pesar de todo enmascaraba lo que dificultaba la convivencia.

A ella, reconocida docente en un IES de la ciudad, la decía:

-“Es difícil encontrar una profesora con tus cualidades y disposición para la enseñanza”. 

Ella asentía inmutable como un autómata con los gestos bien aprendidos.

Ácrata, desordenada en los pensamientos y consecuente en la ideología. Preparaba las clases exhaustivamente, provocaba intervenciones críticas en los alumnos y obligaba a tener criterio propio.

Muchas veces al estar ocupado en cosas menores, me preguntaba:  “¿Cuándo y dónde se veían?" -  No sabía o no quería conocerlo.

Supe después que los encuentros no eran difíciles y las coartadas innecesarias. 

Eran docentes en el mismo instituto, acudían a todas las actividades que desarrollaba el centro: Visitas a pinacotecas, filmotecas, museos, conciertos charlas, debates y sobre todo viajes de estudios fuera de la ciudad  -duraban varios días. Todas estas salidas estaban promovidas por las autoridades académicas. Eran “bien aprovechadas”. Los tiempos y ausencias estaban justificados.

Cada día transcurría sin sobresaltos, dentro de la más cínica relación.

Una tarde de invierno estábamos en casa bien instalados; ella corregía trabajos de alumnos, yo, leía a Paulo Coelho y buscaba la provocación. Le pregunté:

-"¿Crees tan simple la interpretación del adulterio que hace Coelho en la novela?"

Tras unos segundos de silencio y pensando no responder…contestó:

- Te doy mi opinión, espero que esta vez sea definitiva.
- Sí, sí, es más complejo de lo que parece a simple vista. Nunca está suficientemente justificado para las víctimas. Las tres o más buscan la felicidad propia ignorando los valores ajenos.
- Simplificando, es la situación cotidiana en el sistema actual en el que vivimos. A nadie escandaliza, todos la conocen y viven con ella. Corresponde a cada uno buscar la excusa que más convenga.

Sobrepasado por la frialdad de la respuesta, abandono la prudencia habitual, busco sus ojos y espeto, no sin miedo a las consecuencias:

-“¿Desde cuándo os veis?”  

- Desde el momento en que prevalecía la necesidad de conocernos con sencillez, sin coacciones. La entrega era plena y expresábamos el afecto mediante caricias y besos. Era nuestro amor
- Desde que la comunicación era total.
- Desde que vivíamos sexo o infidelidad buscando satisfacción mutua.

La puntualización de la pormenorizada respuesta me tambaleó. Necesitaba conocer más detalles del alejamiento a pesar del vértigo que me producía. Sin más demora y con un hilo de voz pregunté:

-¿Te importa decirme cómo se llama él?

- De nuevo exhibes tu ignorancia de la destruida relación. Con esta pregunta vuelves a mostrar el desconocimiento de la persona que tantos años ha vivido junto a ti.

Ahora, quiero una respuesta:
- ¿Conoces a la profesora de Historia, compañera en el instituto?
- Pues ella es mi amante.

Javier Aragüés




Juan Ramón Martín

 

Morandi

 

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Morandi

 





Morandi




María Jesús Campos "Chu"

 

 

 


Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.

La casada infiel
Federico García Lorca


Ilustración: Javier Bedoya

 


 


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Javier Bedoya

 

 


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Javier Bedoya




Julio Romero de Torres

 

 


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Julio Romero de Torres



 



Julio Romero de Torres



 


Julio Romero de Torres

 


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Julio Romero de Torres

 


 


 


 


Julio Romero de Torres

 

 

 



 

Í N D I C E


Federico García Lorca (poesía)
Isabel Allende (narrativa)
Javier Aragüés (narrativa)
Javier Bedoya (pintura)
Juan Ramón Martín (escultura)
Juan Rodriguez de Tembleque
(fotografía)
Julio Romero de Torres (pintura)
María Jesús Campos (dibujo)
Morandi (pintura)


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