Cajón 20

Í N D I C E


 



Detalle del fresco de la Capilla Sixtina. Miguel Ángel




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Detalles del fresco de la Capilla Sixtina. Miguel Ángel Buonarroti



David. Mármol. Miguel Ángel




Detalle del fresco de la Capilla Sixtina.
Miguel Ángel




Detalle de la Madonna. Rafael Sanzio

 


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La Fornarina, que fue amante del pintor en Roma, y autorretrato.
Rafel Sanzio



Retrato de Andrea Navagero y Agostino Beazzano
Rafael Sanzio



El Parnaso. Rafael Sanzio, también conocido como Rafael de Urbino




La escuela de Atenas. Rafael Sanzio



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Detalles de la parte central y del cuadrante inferior izquierdo del anterior fresco.
De izquierda a derecha, Platón y Aristóteles, Averroes, Pitágoras, estudiante,
Hipatia, Parménides y Heráclito (con rasgos de Miguel Ángel).
Rafael Sanzio




Detalle del extremo inferior derecho de La escuela de Atenas,
en el que pintor se autorretara en la figura de Apeles.
Rafael Sanzio




Detalle de La Galatea.
Rafael Sanzio

 

Soy un escritor. Por alguna oscura razón, se supone que un escritor debe escribir. Bueno, a veces la razón no es impenetrable: el escritor tiene un estómago.

Así que me siento delante del papel y empiezo. Pero, ¿qué puedo escribir? No sé, no se me ocurre nada. En ese caso, lo mejor será que cuente una historia. Una historia no tiene por qué querer decir nada.

Todas las historias tienen un principio y un fin. No tengo ni idea de cuál será el fin de mi historia. En el fondo, esto es una ventaja: me permite escoger cualquier principio.

Una historia bien contada debe empezar por la descripción del lugar de los hechos. Por lo tanto, lo describo. Ahora debo introducir a los personajes. Dado que desconozco el argumento de mi obra, puedo elegir con toda libertad. Y cuento cómo es mi personaje central: un hombre como cualquier otro, con las dudas, incertidumbres, sufrimientos y alegrías de todos los hombres, pero completamente distinto a todos los demás, porque no hay dos seres iguales.

Aquí me atasco. Ahora debe venir la acción. Pero, ¿qué acción? En una historia debe pasar algo, aunque sea algo sin importancia, pero debe haber algo que pueda contarse. Y no se me ocurre nada. Esto es consecuencia lógica de haber empezado a escribir sin una idea. Desgraciadamente, sigue sin ocurrírseme ninguna.

Pienso que la culpa la tiene el carácter del personaje. Su personalidad no me sugiere el argumento maravilloso que debo escribir para demostrar que soy escritor. Decido empezar con otro. Cojo otro papel y hago una descripción de un segundo personaje. Lamentablemente, cuando ya lo tengo hecho, tampoco se me ocurre nada. Amontono las hojas que he empleado en él con las del primero, y pruebo suerte con un tercero. A éste le sigue un cuarto, quinto, sexto...

El montón de hojas con descripciones de personajes va creciendo tremendamente. Yo sigo buscando al personaje que ha de hacer que me venga la inspiración.

Pasan días y días así. Hasta que un extraño movimiento en las hojas despreciadas me atrae la atención. Al principio parece que nada ha pasado. Pero, después, se me ofrece un espectáculo curioso: mis personajes viven, tratan ellos de fabricarse la historia que yo no he sido capaz de escribirles. Me hace gracia su intento; si yo, que soy escritor, no he podido darles un argumento, ¿cómo van a poder ellos, que son sólo unos personajes y ni siquiera conocen nada de lo que les rodea?

No hago más caso de ellos, y sigo buscando a mi personaje. Pero, de cuando en cuando, miro las hojas amontonadas, y veo, fascinado, sus absurdos e inútiles intentos. Observo cómo luchan entre ellos, cómo se odian, cómo buscan el amor, y cómo mueren sin encontrar ellos tampoco un argumento.

Sigo con mi trabajo incansablemente, pero el único resultado que obtengo es el de aumentar el montón de personajes fallidos.

Hoy he visto algo increíble. Uno de mis personajes fracasados hablaba a los demás, incitándoles a luchar contra mí, contra su autor, pretendiendo exigirme responsabilidad por su existencia sin sentido. Y aún más, pretendía que ellos solos se inventaran todos juntos esa historia que yo, el escritor no he sabido darles.

"El escritor", Rafael Nieto Carlier (Revista Arista, Nº 4, 1978)

 


Pedro Quesada

 


Pedro Quesada

 


Pedro Quesada




Pedro Quesada



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Pedro Quesada




Pedro Quesada

 

 



Pedro Quesada

 


Pedro Quesada





Pedro Quesada
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Pedro Quesada

 


Pedro Quesada en la Galería Gurriarán
(Foto: JRT , 2015)






Pedro Quesada



 


 


Pedro Quesada




Pedro Quesada

 

Entre las cosas de Ceilán que recuerdo, está una gran cacería de elefantes.
Los elefantes se habían propagando en exceso en un determinado distrito e incursionaban dañando casas y cultivos. Por más de un mes a lo largo de un gran río, los campesinos -con fuego, con hogueras y tam-tams- fueron agrupando los rebaños salvajes y empujándolos hacia un rincón de la selva. De noche y de día las hogueras y el sonido inquietaban a las grandes bestias que se movían como un lento río hacia el noroeste de la Isla.
Aquel día estaba preparado el kraal. Las empalizadas obstruían una parte del bosque. Por un estrecho corredor vi el primer elefante que entró y se sintió cercado. Ya era tarde. Avanzaban centenares más por el estrecho corredor sin salida. El inmenso rebaño de cerca de quinientos elefantes no pudo avanzar ni retroceder.
Se dirigieron los machos más poderosos hacia las empalizadas tratando de romperlas, pero detrás de ellas surgieron innumerables lanzas que los detuvieron. Entonces se replegaron en el centro del recinto, decididos a proteger a las hembras a y a las criaturas. Era conmovedora su defensa y su organización. Lanzaban un llamado angustioso, especie de relincho o trompetazo, y en su desesperación cortaban de raíz los árboles más débiles.
De pronto, cabalgando dos grandes elefantes domesticados, entraron los domadores. La pareja domesticada actuaba como vulgares policías. Se situaban a los costados del animal prisionero, lo golpeaban con sus trompas, ayudaban a reducirlo a la inmovilidad. Entonces los cazadores le amarraban una pata trasera con gruesas cuerdas a un árbol vigoroso. Uno por uno fueron sometidos de esa manera.
El elefante prisionero rechazaba el alimento por muchos días. Pero los cazadores conocen sus debilidades. Los dejan ayunar un tiempo y luego les traen brotes y cogollos de sus arbustos favoritos, de esos que, cuando están en libertad, buscaban a través de largos viajes por la selva. Finalmente el elefante se decide a comerlos. Ya está domesticado. Ya comienza a aprender sus pesados trabajos.

Pablo Neruda. Confieso que he vivido. Ceilán, pp. 133 y 134
Seix Barral, 1980. Primera edición 1974

 

 

 



 

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Miguel Ángel (pintura, escultura)
Pablo Neruda (narrativa)
Pedro Quesada (escultura, pintura)
Rafal Nieto Carlier (narrativa)
Rafael Sanzio (pintura)


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