Cajón 22

Í N D I C E

 


 



 

 

 

 

 


Le petit cahier. María Xosé Díaz Rey




Elvira Méndez


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Elvira Méndez



 



Elvira Méndez

 


 


Claude Monet

 


Claude Monet

 

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Claude Monet

 


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Claude Monet

 

 


Claude Monet

 


Creo que Pat estaba muy enamorado de mí, pero a nadie le gusta tener que aguantar a una ciclotímica, y menos cuando tiene que disputar por ella con una serie de galanes que, cual aves de rapiña, sobrevuelan alrededor de la relación esperando que ésta muera de una vez para hacerse con los despojos. Así que sucedió lo que tenía que suceder. Un día Pat conoció a una rubia de buenísima familia que le profesaba una devoción inamovible y que mantenía que la fidelidad constituía la base esencial para el mantenimiento de una pareja.
Y me dejó.
Y entonces me di cuenta de que, en medio del caos informe e ingobernable que me rodeaba, Pat había constituido el único puntal seguro, la única referencia estable, y pensé que si le perdía, mi vida no tendría ningún sentido.
Le escribí cientos de cartas. Le llamaba a todas horas. Me presentaba en su casa y, si no lo encontraba, le esperaba sentada en el portal hasta las tantas de la madrugada. Recorría todos los bares donde sospechaba que pudiera encontrármelo. Me humillé hasta lo indecible, prometí todo tipo de cambios y rectificaciones, lloré, grité e incluso me arrodillé, pero él no quiso volver, aunque de cuando en cuando sí consentía en acostarse conmigo (la rubia era fiel, pero él no), y aquellos revolcones a destiempo me hacían pensar que aún tenía una posibilidad de recuperarle, si me esforzaba. Así que seguí encamándome con él durante cinco años más, aferrándome a la nada, al polvo de la soledad y el vacío, obstinándome en lo oscuro, huyendo de lo fácil, acogiéndome a lo que nadie entendía. Cinco años en los que viví convencida de dos cosas. La primera, que él era el único hombre que podría querer en mi vida. La segunda, que acabaríamos juntos.
Hasta el día que me enamoré de otra persona.
La obsesión no desapareció, sólo el nombre que le puse.

Lucía Etxebarría. "Ya no sufro por amor", pp. 29 y 30.
Editorial Martínez Roca, 2007

 


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Javier Fra------------------------Javier Fra

 


 



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Javier Fra

 

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Javier Fra


El tren se detiene y abrazo mi bolso con pánico a perderlo. Miro a través de la ventana. Frente a la vía un roble centenario se alza silencioso. En el bolso los recuerdos, los momentos, las nostalgias. Me aferro a la memoria del camino y repaso en cada estación los sentidos de mi vida.

VISTA

Abro los ojos y recorro los morados, amarillos y marrones de mi otoño en León. Me congela el frio de los blancos de la nieve entre bolas traicioneras, entre vahos de invierno, entre bufandas y catarros. Veo sus ojos, sus manos, veo sus labios. Veo su olor. Veo el tiempo que nos separa. Veo las páginas de mi diario y las palabras. Veo las hormigas en la acera, las arañas en los portales. Le veo pasar por la Calle Astorga en su coche, sonriente. Veo la alerta que me avisa de sus pensamientos. Le veo en las noches de insomnio y en los sueños más profundos. Veo las lágrimas de mi madre si añora y la prensa cada mañana. Veo tantos días tristes a mis espaldas y otros tantos felices. Veo las olas en Samil. Veo a mi abuelo en el sofá esperando mi abrazo, veo su boina, su bufanda y su cartera en la caja de la muerte. Puedo ver entre las nubes su marcha, su huida, puedo ver el recuerdo de lo de hoy, que se que no será mañana.

OÍDO

Me acompaña en el viaje de los recuerdos el rumor del viento, el tintineo de las teclas que anuncian confesiones. Me acompaña el tic tac del tiempo, que me persigue recordándome que nunca se parará y entre tanto el cascabel de mis sueños, que logra hacer mágicos tantos momentos. Me viene a la memoria el pitido del microondas que nadie detiene y el roce de las sábanas arropando mi soledad. Regresan los coros y las guitarras, el motor detenido, las palabras nunca pronunciadas. Suenan aun los latidos y los besos. Suenan las tardes de aislamiento y estudio, suenan los libros. Suenan las hojas que mueren, suenan las sonrisas del pasado y también las del presente. Suenan las lágrimas cuando caen, suenan los sueños si vuelan.

OLFATO

Cierro los ojos recuperando con el aliento viejos olores de Pardo Bazán, del río, de las tardes de sereno en la Omañuela, de la mezcla a tabaco y trucha en la tapicería del coche y carrusel deportivo en la radio de vuelta a casa. Regreso en mi viaje al Andros de los fines de semana, a las melodías en las tardes de sábado y las mañanas de domingo entre susurros. Si respiro ahora, puedo oler el otoño de León, de las hojas secas sobre el suelo mojado, el verde del césped recién cortado y el de la lluvia fría sobre el asfalto caliente, en las tormentas de verano. El cloro de la piscina y el dulce de las moras. Siento el olor del incienso cada primero de difuntos y el de la castañas entre carbón, en la cocina vieja del pueblo. Me huele a mistela en aquellas jornadas interminables en el Recreo industrial, siempre a chicle de menta. A juanola los viernes por la tarde y a café recién hecho en un bar cualquiera.

GUSTO

Entre olores ese regusto a albóndigas y a macarrones de hotel Aurelia de seis estrellas, a magosto en familia las tardes tristes de otoño. Regresa el sabor a licor dulce de la espera, de las confidencias en butacas escondidas. Me sabe a ciruelas verdes desde la cima del Everest, a zanahorias robadas a la tierra mojada. Me saben los primeros besos del invierno y los últimos del verano adolescente. Me saben las mieles de los deseos cumplidos, de las metas alcanzadas. Humedezco mis labios y me sabe a chicle de menta, otra vez a juanola, otra vez a café recién hecho, otra vez al salado de su cuerpo. Me sabe al amargo de las despedidas, de los trenes, de las puertas, de las maletas, de las lágrimas.

TACTO

Recuerdo el peso de la áspera manta de lana virgen en mi cama plegable. El calor me recorre poco a poco. En el recuerdo, la caricia de sus miradas en el rumor de las ceremonias, en el silencio de los paseos a solas entre lágrimas blancas de cuatro ruedas y motor. Puedo sentir los besos en la mejilla de aquel entonces, el plástico rayado del “bic” azul entre mis dedos, el cuaderno de mis memorias. Siento el frio del invierno, el calor de la taza entre mis manos, el dolor de las castañas demasiado calientes en difuntos. Siento cada segundo a su lado, cada abrazo no dado, cada beso robado. Siento que esta cerca. Siento las manos en mi espalda y los labios en mi vientre. Siento como cada suspiro me acaricia el alma. Siento las prisas y la realidad que me aplasta. Siento la caricia de la brisa del mar y el frio de las tardes de domingo, de regreso a casas vacías.

"Los sentidos de mi vida", Marta B. de Campoamor Aller
(2 de Febrero de 2012)

 

 

 



 

Í N D I C E


Elvira Méndez (pintura)
Javier Fra (pintura)
Lucía Etxebarría (ensayo)
María Xosé Díaz Rey (pintura)
Marta Campoamor (narrativa)
Monet (pintura)


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