A la luz del día, a los ojos del mundo

Autor: Jesús Negro

Cuando los puños del trovador estallaron de angustia su sangre se desprendió de su cuerpo, obtusa, como cercenada, desmoronada en espesos charcos que concomitaban en la tierra crujiente desde sus uñas y sus nudillos vencidos. Estando allí abajo, todo lo que estaba en las alturas era ridículo y banal, así que al enfrentarse al rostro sufriente de su semillero, el charco de sangre no encontraba mayores motivos que el asco y la nada. Eran el asco y la nada los ideadores, los ejecutores y el castigo. Es por ello que todo perdió color, sentido; el orden subyacente de las cosas, el motivo y el motor, quedó en suspenso, dejando congeladas la existencia y la Historia. Allí no había otra cosa que una celda de vacuidad y náusea, rodeada en un perímetro circular por alambre de vacuidad y náusea que lo delimitaba, envuelto el conjunto en considerables muros de vacuidad y náusea. El vómito lo oprimía todo. Puesto que allí no quedaba nada que comprender –nada susceptible de entendimiento–, nada que se pudiera prestar al análisis razonado, ninguna cuestión que pudiera resolverse, la sangre empapó el terreno, se fundió con él conformando una mancha de humedad tinta, empapadora, dando aliento a un barrillo vivo, ajeno de todo lo que ocurría en aquel espacio espurio por el atropello más desaforado. Desde allí se arrastró la sangre, repelida por la negación del verbo y la celebración contumaz de la porquería, hasta el domicilio en que no hacía mucho él había sido capturado, ladinamente impelido a acudir a hacer unas declaraciones. Él sabe que si sale de allí en compañía de ellos, no volverá con vida. Los muebles de la sala se deshacen imperceptiblemente, desfigurados en virutas y astillas, devorados por una carcoma invisible surgida por la urgencia espontánea, podridos. La vacuidad y la náusea se hacen ya, de hecho, con la sala, ya llegan allí y se instalan con total comodidad, insultando todo lo que pertenece a ella, insultando al reloj de carillón, insultando a la lámpara que cuelga en el centro del salón, a la pantalla cilíndrica que difumina su luz cegadora, insultando a las fotografías familiares, insultando al pasado y a sus lazos, insultando a la música, insultando al arte, insultando al pueblo. Una mano cerrada choca contra su estómago, obligándolo a ponerse sobre sus rodillas; luego un puntapié en su espalda. Innumerables puños y piernas se arrojan al alimón sobre su cuerpo. Ya no hay escapatoria, quedan horas pero no vida. Desde el interior del autobús militar tiene tiempo todavía de contemplar la llanura.
“He aquí un legado incontestable” se dice “. El tiempo es una baza; al final la vacuidad y la náusea no pueden nada frente a la verdad bella y rotunda”.
El motor se detiene. Por el momento no hay qué hacer. Más adelante.
En el suelo, cada borbotón de sangre derramado pugna por desandar lo andado, por volver hacia arriba, hacia las alturas ridículas y banales, recorriendo de nuevo el aire en sentido inverso y alcanzando el pellejo y la carne, para entrar otra vez a través de las uñas y los nudillos, hinchando sus venas, dándoles vigor, para que puedan otra vez moverse, cantar su miseria con la cabeza en alto, abrirse paso entre el cieno, ser recuerdo. Memoria.

(la imagen tiene música asociada)

V O L V E R

 

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